lunes, 27 de mayo de 2013


El libertador  


Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte y Blanco, mejor conocido como Simón Bolívar, nacido en Caracas el 24 de julio de 1783, y falleció en Santa Marta, República de Colombia el 17 de diciembre de 1830 fue un militar y político venezolano de la época pre-republicana de la Capitanía General de Venezuela; fundador de la Gran Colombia y una de las figuras más destacadas de la emancipación americana frente al Imperio español. Contribuyó de manera decisiva a la independencia de las actuales Bolivia, Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela.

En 1813 le fue concedido el título honorífico de Libertador por el Cabildo de Mérida en Venezuela que, tras serle ratificado en Caracas ese mismo año, quedó asociado a su nombre. Los problemas para llevar adelante sus planes fueron tan frecuentes que llegó a afirmar de sí mismo que era "el hombre de las dificultades" en una carta dirigida al general Francisco de Paula Santander en 1825.




Participó en la fundación de la Gran Colombia, nación que intentó consolidar como una gran confederación política y militar en América, de la cual fue Presidente. Bolívar es considerado por sus acciones e ideas el "Hombre de América" y una destacada figura de la Historia Universal, ya que dejó un legado político en diversos países latinoamericanos, algunos de los cuales le han convertido en objeto de veneración nacionalista. Ha recibido honores en varias partes del mundo a través de estatuas o monumentos, parques, plazas, etc. Así mismo, sus ideas y posturas política-sociales dieron origen a una corriente o postura llamada Bolivarianismo.



Un rasgo que sí es definitorio de Bolívar es el que participara en la lucha de emancipación durante todas sus etapas sin excepción, y en múltipes teatros geográficos. Se diferencia del Libertador del Sur, José de San Martín, quien llegó un poco tarde a la epopeya (en 1810 estaba en España) y se autoexilió antes de la batalla final, y del angloamericano George Washington, cuya actividad se restringió a su país. En los comienzos del movimiento en Venezuela, Bolívar era una figura secundaria, un agitador de los que promovían la declaración de independencia absoluta (la primera de un país hispanoamericano, el 5 de julio de 1811) y un militar subalterno a quien, en el colapso de la Primera República de Venezuela, en 1812, le tocó perder la fortaleza estratégica de Puerto Cabello. Sin embargo, al año siguiente se convirtió en jefe indiscutido de la Segunda República, nacida de las ruinas de su antecesora. Pudo restaurar el régimen patriota venezolano y ascender a la dirección suprema, que no abandonaría nunca, gracias, no sólo a las dotes de guerrero que demostró a lo largo de la Campaña Admirable de 1813, que lo llevó de nuevo a Caracas, sino también al apoyo de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, cuyo territorio le sirvió de base para reconquistar Venezuela. Así quedó sellada otra característica permanente de la carrera de Bolívar: su vinculación estrecha con la Nueva Granada, donde más de una vez encontraría asilo cuando la fortuna de la guerra le resultó adversa en Venezuela, y cuyos hombres y recursos combinó indiscriminadamente con los del país vecino hasta alcanzar la victoria final, y aun más allá.




La Segunda República venezolana también resultó efímera, por más que Bolívar recurriera a una franca dictadura militar para defenderla. Cayó en medio de rivalidades regionalistas y críticas legalistas, además de unas tensiones de clase y raciales que atizaban los jefes realistas. Los republicanos habían proclamado la igualdad jurídica de las razas desde la Primera República, pero no habían tocado la institución de la esclavitud y eran casi todos ellos miembros de la alta clase criolla, cuyos intereses económicos y sociales no siempre se identificaban con los de las masas venezolanas. A mediados de 1814, por consiguiente, Bolívar se encontraba otra vez en Nueva Granada, aunque no por mucho tiempo, ya que le incomodaban las luchas intestinas de los patriotas granadinos y preveía claramente que la desunión allanaría el camino al Pacificador Pablo Morillo.


Partió Bolívar a Antillas, donde redactó uno de sus documentos clásicos, la Carta de Jamaica de septiembre de 1815, en que con prosa de gran originalidad y lucidez analizó el pasado y futuro de la América Española y proclamó su fe inquebrantable en la victoria. En seguida hizo demostración práctica de esa fe obteniendo del gobierno de Haití el apoyo para una expedición a Venezuela, y luego para otra más cuando la primera fracasó. Hacia fines de 1816 regresó definitivamente a Sudamérica, donde se dedicó a crear una base de operaciones en la cuenca del Orinoco y también a dotar a la causa patriota de un mayor sabor popular, por no decir populista, proclamando la abolición de la esclavitud y ofreciéndoles a los veteranos de guerra una repartición de bienes de los enemigos. De mucha importancia fue la colaboración que recibió del jefe nato de los llaneros, José Antonio Paéz, quien había consolidado un reducto patriota en el Apure.




Bolívar tuvo poco éxito frente a la infantería de Morillo en los Andes venezolanos. Pero a mediados de 1819 abandonó su intento de liberar a Caracas y dio un vuelco estratégico de gran alcance, emprendiendo la campaña a través de los llanos hasta subir los Andes y apoderarse del centro mismo del Nuevo Reino. Para ello renovó su estrecho contacto con los patriotas granadinos, en especial con Francisco de Paula Santander, quien después de organizar una base política y militar en los llanos de Casanare comandó la división de vanguardia del ejército libertador. Por su breve duración y corto número de combatientes, la batalla de Boyacá, que coronó la campaña, no parecería sino una pequeña escaramuza. Sin embargo, en sus consecuencias directas e indirectas, fue la más decisiva de las victorias de Bolívar, porque abrió el camino de Bogotá, ocupado días después sin mayor resistencia, y aseguró el control de un territorio densamente poblado del que podía extraer reclutas y recursos materiales. Si hasta la víspera de Boyacá la suerte de la guerra había resultado incierta -habiendo perdido Bolívar casi tantas batallas como ganó-, ya no volvería a perder sino por excepción. El balance de moral e ímpetu político y militar había revertido a favor de los patriotas, quienes registrarían una victoria tras otra a medida que llevaban la lucha hasta la costa de Nueva Granada, a Venezuela otra vez, y más tarde al Ecuador y Perú hasta la victoria final de Ayacucho en diciembre de 1824.







Mientras tanto se erigía un régimen republicano en todo el territorio del antiguo virreinato de Nueva Granada, del Orinoco a Guayaquil, con el nombre de República de Colombia (Congreso de Cúcuta, 1821). Esta unión respondió al anhelo de Bolívar de crear en la América antes española, no una sola nación -que desde su carta de Jamaica reconocía como cosa inmanejable- pero sí unos Estados más grandes y fuertes que los que a la larga surgieron. Anhelaba también que los nuevos Estados establecieran por lo menos una estrecha alianza entre sí, para lo cual promovió tratados de cooperación fraternal y la reunión del Congreso de Panamá de 1826, que de acuerdo con su plan habría sido un encuentro sólo de ex colonias españolas. La cancillería colombiana invitó también al Brasil y Estados Unidos, mas en la práctica no participaron sino hispanoamericanos -y no todos ellos-, así que el Congreso tuvo significación más bien como precedente para el futuro, que como un paso real hacia la unidad latinoamericana...




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